HIJOS DE DIOS.
Jesús vino al mundo para traer salvación, esperanza y reconciliación con el Padre. Muchos oyeron su mensaje de reconciliación, de redención y perdón, sin embargo, no todos lo recibieron. Muchos, por el contrario, optaron por rechazarlo abiertamente, mientras que otros dudaron. A pesar de estas reacciones diversas, la Sagrada Escritura, con una claridad meridiana, proclama una verdad universal y eternamente válida: “pero a todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios.” Juan capítulo uno versículo 12.
Estas palabras encierran una de las promesas más extraordinarias y transformadoras de toda la Escritura. Revelan que el mismo Dios Todopoderoso, quien con su voz omnipotente creó el vasto y complejo universo que admiramos, nos extiende ahora la inmensurable dignidad y el inmerecido honor de ser llamados, no meramente sus siervos, extraños o simples espectadores de su obra, sino sus propios hijos e hijas, con pleno y legítimo derecho a heredar su amor.
Este privilegio inigualable de filiación divina no se obtiene ni se gana por méritos humanos, por un linaje religioso particular, por el cumplimiento estricto de rituales o por un esfuerzo moral propio, por muy loable que este sea. Juan es enfático al dejar meridianamente claro que ni la sangre, ni la voluntad de la carne, ni la voluntad del hombre, con sus limitaciones y debilidades, intervienen en absoluto en este proceso. Es un don inmerecido de la gracia divina.
Creer es mucho más que una mera aceptación intelectual de hechos o datos históricos sobre la persona de Jesús; es confiar plenamente, es depositar nuestra vida entera en Él, reconociéndolo y aceptándolo como nuestro Señor y Salvador. Recibirlo es un acto de apertura radical del corazón, es invitar su presencia transformadora para que more en lo más íntimo de nuestro ser. Cuando damos estos pasos de fe y entrega, algo verdaderamente milagroso ocurre en las profundidades de nuestro espíritu: el mismísimo Creador del universo nos adopta formal y eternamente como suyos.
Esta adopción, cabe destacar, no es en absoluto una mera formalidad simbólica o un gesto vacío. Constituye un cambio de identidad genuino y real, reconocido y establecido ante todo el cosmos. El “derecho” que se nos confiere no es una atadura legalista o una carga de reglamentos; por el contrario, es una nueva posición espiritual de inmensurable valor. Pasamos de estar bajo la pesada condenación del pecado a vivir en la libertad gloriosa y la cercanía íntima con el Padre celestial. Ahora podemos dirigirnos a Él con la tierna familiaridad de “Abba”, podemos acercarnos a su trono de gracia con absoluta confianza, y tenemos la certeza inquebrantable de que su amor eterno jamás nos abandonará ni nos dejará ir.
En un mundo que constantemente nos evalúa y nos mide por lo que logramos materialmente, por nuestra apariencia externa o por nuestras posesiones, ser reconocidos como hijos de Dios nos restituye a nuestra verdadera y primordial dignidad intrínseca. Nuestra identidad no se define por lo que hacemos, sino fundamentalmente por de quién somos. Y si, por fe, somos de Cristo, entonces somos, con toda la majestuosidad que ello implica, hijos e hijas del Altísimo Dios.
No existe pecado tan grande ni tan abismal que pueda excluirnos de esta maravillosa adopción si sinceramente creemos y recibimos a Jesús como nuestro Salvador. No hay herida, por profunda que sea, que el amor inmenso e incondicional del Padre no sea capaz de sanar y restaurar. Y, en esta nueva identidad, nuestra vida adquiere un propósito eterno y trascendente: el de reflejar su carácter divino, su amor, su justicia y su misericordia en cada paso, en cada decisión y en cada interacción de nuestro peregrinaje terrenal.
Oremos:
Señor Jesús, gracias porque por medio de Ti puedo ser llamado hijo de Dios. Gracias por tu amor y por el sacrificio que hiciste en la cruz para darme una nueva vida. Ayúdame a caminar cada día como un verdadero hijo tuyo, confiando en tu voluntad y viviendo para agradarte. Amén.