TRATEMOS A TODOS CON IGUALDAD

Poder cumplir y obedecer las enseñanzas de Cristo Jesús, es el anhelo que tenemos casi todas las personas que hemos alcanzado la salvación y la vida eterna. Con esto en mente y en nuestro corazón, tratamos de aplicar todas las enseñanzas de Cristo a nuestras vidas, pero al hacer esto, algunas veces pasamos por alto algunas ordenanzas importantes como el trato igualitario a todas las personas. En nuestro corazón tendemos a tener una cierta clase de favoritismos por las personas más cercanas a nosotros: como lo son nuestros familiares o amigos. Al tener este favoritismo, fallamos en aplicar las enseñanzas de Cristo a nuestras vidas, esto lo afirma el apóstol Santiago: “Pero si ustedes les dan más importancia a unas personas, y las tratan mejor que a otras, están pecando y desobedeciendo la ley de Dios.” Santiago 2:9 TLA.

El valor del ser humano, no se puede igualar con la etnia, riqueza, estrato social o nivel de instrucción educacional. Todas las personas tienen la misma importancia y son de gran valor ante los ojos del eterno Creador. Considerar a una etnia, grupo o individuo como menos importante que otro, es pecado, y esto lo afirma las Sagradas Escrituras. Al pie de la cruz de Cristo Jesús, todas las personas son iguales, tanto en su dignidad como en su necesidad de aceptar el don o regalo de salvación que Cristo ofrece. Pues Cristo, entregó su vida y derramó su preciosa sangre en la cruz por todas las personas y por cada uno en particular. Considerar importantes a unas personas, y tratarlas mejor que a otras, es hacer una acepción, que a la vez es un pecado y una transgresión grave a los mandatos del Señor.

Dios en su Palabra nos ordena que tratemos a todas las personas sin ninguna clase de discriminación o favoritismos, que tratemos a todas las personas con igualdad, expresándoles nuestro amor más sincero, sin importar a qué grupo étnico pertenezcan, o si son ricos o pobres, o que nivel de instrucción educacional puedan tener. Debemos tratar a todas las personas de la forma que esperamos se nos trate a nosotros. Si decimos que Cristo es el Señor de nuestra vida, entonces debemos vivir como Él quiere que vivamos, obedeciendo y practicando cada una de sus enseñanzas. Aprendamos a respetar y a honrar a cada persona y a cada pueblo, sin tener en cuenta su color, o su estrato social, o intelectual; pues si no lo hacemos, estaremos pecando y transgrediendo los mandatos que Cristo nos dejó en su bendita palabra.

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