Jesus Is Life

EN LA JUVENTUD.

La juventud es una etapa llena de sueños, fuerzas, emociones y oportunidades. El corazón joven desea descubrir el mundo, alcanzar metas y disfrutar la vida. Sin embargo, en medio de tantas distracciones, el ser humano puede llegar a olvidarse de lo más importante: su relación con Dios. Por eso el sabio Salomón escribió: “No dejes que la emoción de la juventud te lleve a olvidarte de tu Creador. Hónralo mientras seas joven, antes de que te pongas viejo y digas: La vida ya no es agradable.” Eclesiastés capítulo 12 versículo 1.

Un gran número de creyentes, quizás influenciados por las tendencias mundanas, tienden a concebir el servicio a Dios como una etapa reservada exclusivamente para la vejez, una vez que, según su perspectiva, han “disfrutado plenamente de la vida y sus múltiples placeres”. Sin embargo, la Palabra de Dios nos revela una verdad opuesta y mucho más profunda: los años de mayor vigor, aquellos más productivos y, en definitiva, los más valiosos de la existencia del creyente, están destinados a ser entregados con pasión al servicio del Señor. Es en esta etapa donde deben emplearse con diligencia y gratitud los dones y talentos únicos que han sido recibidos generosamente del Espíritu Santo.

Cuando un individuo joven decide de corazón honrar a Dios con su vida, el impacto es transformador. Sus decisiones no solo se vuelven más perspicaces y sabias, sino que sus caminos se afianzan con una solidez inquebrantable, y su alma halla un propósito auténtico y trascendente que el mundo jamás podría ofrecer. Mientras que el mundo bombardea con placeres efímeros, que a primera vista pueden parecer seductores y llenos de atractivo, estos ineludiblemente culminan en un vacío desolador, una profunda tristeza y un dolor persistente. En marcado contraste, Dios ofrece una paz duradera, una dirección clara que ilumina cada paso y la promesa gloriosa de la vida eterna.

El sabio Salomón, con su profunda comprensión de la condición humana, nos recuerda de manera elocuente que inevitablemente llegará el día en que las fuerzas físicas y mentales comenzarán a menguar. Arribarán los años que él describe como “difíciles”, cuando el cuerpo experimente el cansancio acumulado y una miríada de oportunidades, que en su momento se presentaron, ya hayan desaparecido para siempre. Precisamente por esta razón, el momento crucial para buscar a Dios con todo el corazón es hoy. No es una tarea para mañana, ni para cuando la desesperación nos abrace y todo parezca perdido. Hoy es la oportunidad invaluable de conocer al Señor en una relación íntima, de amarlo con toda el alma y de dedicarle cada faceta de nuestra existencia.

La juventud, esa etapa vibrante y fugaz, se desvanece con una rapidez asombrosa, pero cada acción que emprendemos con fe y amor para Dios, perdura por la eternidad, dejando una huella imborrable. Entregar el corazón al Señor desde los albores de la vida es, sin lugar a dudas, la elección más sabia y trascendental que cualquier persona puede realizar. Es imperativo no permitir que las emociones volátiles, las influencias de amistades pasajeras o las innumerables distracciones del mundo moderno nos aparten de la senda de nuestro Creador. Busca a Dios con fervor mientras posees la plenitud de tus fuerzas, mientras tienes la capacidad de servir con energía y mientras puedes crecer y madurar espiritualmente.

Porque, en última instancia, una vida vivida lejos de la presencia divina está destinada a culminar en un vacío existencial, una profunda sensación de falta de sentido. Sin embargo, una vida entregada plenamente a Cristo desbordará siempre de propósito, de una esperanza inquebrantable y de la promesa gloriosa de la salvación eterna.

Oremos:

Amado Señor, te suplico humildemente que no permitas que la emoción inherente a mis años juveniles me roben el preciado recuerdo de tu santa presencia. Guíame e ilumíname para honrarte con la plenitud de mi vitalidad, con la audacia de mis sueños más grandes y con toda mi energía inagotable. De esta manera, cuando los días de adversidad y dificultad inevitablemente lleguen, pueda aferrarme firmemente a esa roca inconmovible de fe y confianza que habré edificado con esmero y dedicación durante mis años más tempranos. Elevo esta oración en tu bendito y glorioso nombre, mi amado Salvador Jesucristo. Amén.

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