NUEVA IDENTIDAD EN CRISTO.
La vida cristiana no consiste solo en evitar lo malo, sino que, de manera fundamental, se enfoca en vivir activamente para lo bueno. Tal como nos recalca el apóstol Pablo en su epístola a los Romanos: “Ustedes ya han muerto al pecado, pero ahora han vuelto a vivir. Así que no dejen que el pecado los use para hacer lo malo. Más bien, entréguense a Dios, y hagan lo que a él le agrada” Romanos capítulo 6 versículo 13.
El apóstol nos presenta una profunda realidad espiritual: “Ustedes ya han muerto al pecado, pero ahora han vuelto a vivir”. Esto significa que, a través de la obra redentora de Cristo, nuestra vieja naturaleza, aquella inclinada al pecado, ha sido crucificada con Él. El dominio opresivo que el pecado ejercía sobre nosotros ha sido quebrantado de forma definitiva. Sin embargo, aunque el poder del pecado ha sido vencido y su autoridad rota, todavía existe la posibilidad real de ceder a sus tentaciones si no permanecemos firmes y vigilantes en nuestra fe.
Por ello, Pablo hace un llamado claro y contundente: “no dejen que el pecado los use”. Aquí se nos muestra que el pecado busca utilizarnos como meros instrumentos, como herramientas dispuestas para cumplir sus propósitos destructivos y egoístas. Cada decisión consciente que tomamos, cada acción que emprendemos, puede convertirse en un canal efectivo para la manifestación del bien o, lamentablemente, para la perpetración del mal.
Luego viene la exhortación central y transformadora: “entréguense a Dios”. Esta entrega no es parcial, superficial ni momentánea; por el contrario, es total, profunda y continua. Implica rendir nuestra voluntad más íntima, nuestros pensamientos más profundos, nuestras emociones y todas nuestras acciones al Señor. No se trata solo de pronunciar un rotundo “no” al pecado, sino, de manera más proactiva y significativa, de decir un decidido “sí” a la voluntad divina.
Finalmente, el versículo nos llama a vivir de una manera práctica y demostrable: “hagan lo que a él le agrada”. La verdadera evidencia y manifestación de una vida transformada por la gracia divina no radica solo en lo que evitamos hacer, sino, y de forma más elocuente, en aquello que hacemos activamente para honrar y glorificar a Dios. Somos llamados a ser instrumentos de justicia, reflejando el carácter santo y amoroso de Cristo en cada aspecto de nuestro diario vivir.
Constantemente enfrentamos innumerables decisiones que revelan, con toda claridad, a quién estamos sirviendo verdaderamente. No basta con reconocer intelectualmente que hemos sido liberados de la esclavitud del pecado; es imperativo que vivamos y actuemos como personas verdaderamente libres. Esto implica evaluar constantemente nuestras acciones, nuestras palabras y nuestras actitudes internas. La pregunta crucial es: ¿Estamos siendo usados por las maquinaciones del pecado o por los propósitos divinos de Dios?
Entregarnos a Dios es un acto diario y deliberado de nuestra voluntad. Es decir con sinceridad: “Señor, aquí estoy, a tu disposición; úsame para tu gloria y para la extensión de tu reino”. Cuando hacemos esto de corazón, nuestras vidas dejan de ser herramientas del mal y, milagrosamente, se convierten en instrumentos de bendición y luz en el mundo.
Cada día debemos tener presente la maravillosa verdad de que ya no somos quienes éramos antes de conocer a Cristo; ahora poseemos una nueva naturaleza, pues hemos muerto al poder del pecado y vivimos para Dios. La invitación es clara y apremiante: no volvamos atrás. Vivamos plenamente conscientes de nuestra nueva identidad en Cristo y decidamos, con cada aliento, ser instrumentos obedientes en las manos de Dios, haciendo aquello que le agrada y glorifica su santo nombre.
Oremos:
Señor, te damos gracias infinitas porque, por medio de Cristo, hemos muerto al pecado y hemos sido vivificados para Ti. Ayúdanos, te rogamos, a no ofrecer nuestros miembros como herramientas al servicio de la maldad, sino a entregarnos por completo y cada día a tu santa voluntad. Haz de nuestra vida un instrumento resplandeciente de tu justicia, de tu amor inagotable y de tu gracia transformadora. Amén.