AL QUE VENCIERE.
Apocalipsis 2:2 Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; … 10 No temas en nada lo que vas a padecer. ….. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. 7 …Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios. 11 …. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte. 17 …. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe. 26 Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones. RVR 1960.
Habían transcurrido muchos años desde la partida de Jesucristo de este mundo. Las comunidades cristianas se habían expandido a diferentes regiones del mundo antiguo. Nuevos líderes cristianos surgieron para continuar con la propagación del mensaje de salvación a través de Jesucristo. Con la proliferación de estas comunidades, también comenzaron a aparecer peligros; el mensaje inicial del Evangelio empezó a distorsionarse y surgieron herejías, causadas por nuevos líderes que no habían estado presentes durante el ministerio de Jesucristo.
En las épocas del Imperio Romano, la comunicación a través de cartas era muy común entre las personas. Dios aprovechó este medio para enviar su mensaje a sus iglesias. El Creador conocía la realidad de cada una de estas congregaciones, sabía sus fortalezas y debilidades. Él deseaba que todas sus iglesias se mantuvieran firmes en los caminos de la verdad y la justicia del Evangelio, el cual fue anunciado por su amado Hijo Jesucristo cuando estuvo en la tierra. El Señor, conociendo los nuevos peligros que afrontaban sus iglesias primitivas, ordenó al apóstol Juan que escribiera los mensajes de Dios a los ángeles, que representaban a los líderes de cada una de las siete iglesias de Asia Menor.
Las cartas del Señor fueron dirigidas de manera específica a los «ángeles» de cada una de las iglesias. Es importante entender que estos «ángeles» en realidad representaban al líder o pastor principal de la congregación local, quienes tenían la responsabilidad de guiar espiritualmente a la comunidad de creyentes. Por tanto, cada misiva iba directamente dirigida a la persona encargada de liderar la espiritualidad y el bienestar de la asamblea. Era imperativo que estas cartas fueran leídas públicamente dentro de las congregaciones, con el propósito fundamental de que su contenido o mensaje fuera profundamente asimilado y aplicado de forma práctica en la vida de cada uno de los miembros de esas comunidades.
Las cartas del Señor tenían un mensaje uniforme y mantenían una simetría casi perfecta. En cada una de ellas, Jesucristo es quien habla, identificándose por uno de sus siete atributos. El apóstol Juan (no Pablo, como se menciona incorrectamente en el original) es quien recibe la orden de redactar las palabras que procedían de la boca del Señor. Por ello, en cada carta, el Señor menciona conocer las obras de cada una de las iglesias, porque Él tenía el control y sabía las necesidades de cada una. A través de las cartas, deseaba comunicar una pronta amonestación o palabras de aliento para que siguieran adelante en el camino de su fe.
Cada una de las cartas contiene promesas maravillosas del Señor para el vencedor. Son promesas para todo aquel que venciere los obstáculos que Satanás pueda poner para que desista de su fe en Cristo. Promesas para aquellos que cumplieran y obedecieran las palabras del Señor. Promesas para quienes permanecieran firmes en el camino verdadero del Evangelio de Cristo Jesús.
Queridos hermanos, el Señor nos conoce a cada uno de nosotros, cada una de nuestras obras. Conoce las dificultades que hemos atravesado y las que seguimos afrontando, y también conoce las necesidades que tenemos en el presente. El camino que hemos elegido seguir está lleno de obstáculos que tratarán de debilitar nuestra fe en Jesucristo. Ante estos obstáculos, debemos permanecer firmes, venciendo todas las trabas que Satanás pueda ponernos para desviarnos del camino de nuestra salvación. Hermanos, recordemos siempre que Dios, en su infinita bondad y fidelidad, tiene promesas verdaderamente maravillosas reservadas para todos aquellos que venzan las adversidades y perseveren con firmeza hasta el final de esta carrera de fe. Con esa poderosa verdad profundamente arraigada en nuestra mente y corazón, sigamos adelante cada día, cumpliendo con alegría y obedeciendo fielmente la voluntad de nuestro amado y soberano Creador.