VOLVER A DIOS
«¡Volvamos a Dios! Si lo hacemos así, él vendrá a buscarnos; vendrá como el sol de cada día, ¡como las primeras lluvias que caen en primavera!». Oseas capítulo 6 versículo 3.
Volver a Dios es el primer paso esencial, el punto de partida ineludible y fundamental para toda verdadera restauración y renovación espiritual en nuestra vida. El venerable profeta Oseas, con su profundo discernimiento espiritual, no convoca al pueblo a un simple gesto externo, a una superficial muestra de religiosidad, sino a un movimiento interior profundo y transformador de retorno. Volver a Dios implica, ante todo, un humilde reconocimiento de que nos hemos extraviado, de que nos hemos alejado de su senda perfecta, de que hemos depositado nuestra esperanza y nuestra seguridad en objetos, ideales o personas transitorias, y que, fundamentalmente, sin su presencia y dirección, nuestra existencia se vuelve incompleta y desprovista de plenitud genuina.
Nuestro infinitamente amoroso Padre Celestial dista mucho de ser un Dios distante, un observador pasivo que aguarda con indiferencia a que sus hijos, perdidos y errantes, se acerquen a Él en un acto de súplica por reconciliación. Por el contrario, Dios es un Padre activo y solícito que sale al encuentro, que busca incansablemente a sus hijos arrepentidos con los brazos abiertos. Su iniciativa de amor y gracia siempre antecede a nuestra propia fidelidad y a cualquier mérito que podamos presentar. Él nos anhela y nos busca antes incluso de que nosotros pensemos en buscarle.
La majestuosa imagen del sol, que cada mañana rompe la oscuridad y nace con inquebrantable regularidad en el horizonte, nos habla de certeza absoluta, de una fidelidad inquebrantable y de promesas garantizadas. Así como no existe la menor duda de que, tras la noche, llegará indefectiblemente el amanecer con su luz renovadora, tampoco debe existir duda alguna en nuestros corazones de que Dios responderá con amor y prontitud a todos aquellos que se vuelven a Él con un espíritu contrito y humilde. Su amor inmutable no depende de nuestros fluctuantes méritos o de nuestra imperfecta capacidad de cumplir, sino que emana directamente de la esencia misma de su carácter divino: amor puro e incondicional.
Y de manera análoga a las primeras lluvias vivificantes de la primavera, que empapan la tierra sedienta y despiertan la vida latente, la presencia restauradora de Dios trae consigo una explosión de vida, una frescura inigualable y una fertilidad espiritual que transforma el desierto de nuestras almas en un jardín floreciente. Su gracia no se manifiesta como un favor seco, forzado o mezquino, sino como un derramamiento abundante, oportuno, suave y profundamente transformador que penetra hasta lo más íntimo de nuestro ser.
Las palabras inspiradas del profeta Oseas, con su aguda perspicacia, nos lanzan un desafío directo y personal a examinar en lo más profundo nuestro corazón y nuestras convicciones. Nos invitan a una introspección crucial: ¿estamos realmente caminando en dirección a Dios, con una determinación consciente y un propósito claro, o estamos, quizás, esperando pasivamente que Él se ajuste a nuestros propios caminos y deseos egoístas? ¿Confiamos verdaderamente en que, al dar ese paso de fe y volvernos a Él, nos recibirá con la misma seguridad inmutable que el sol que amanece cada día y con la misma frescura vivificante que la lluvia que irriga la tierra?
No importa cuán prolongado haya sido tu tiempo de alejamiento, ni cuán grande creas que sea la distancia que te separa de Él. Hoy es el momento propicio para dar ese paso de fe decisivo. Vuélvete a Él en oración ferviente, en obediencia gozosa, en confianza plena y sin reservas. Te aseguro que no te decepcionarás. Su venida a tu vida, su abrazo restaurador y su presencia transformadora serán tan ciertas como la salida del sol que disipa la oscuridad y tan vivificantes como la lluvia suave que hace florecer prodigiosamente el más árido de los desiertos.
Oremos:
Amado Señor, con un corazón abierto y una voluntad rendida, hoy decido volver a Ti con todo mi ser. Perdóname, te ruego, por cada una de las veces que me he extraviado y me he alejado de tu amorosa presencia. Te doy infinitas gracias porque sé que no me rechazas en mi fragilidad, sino que, por tu inmensa gracia, sales a mi encuentro con brazos extendidos. Ven a mi vida, Señor, como el sol radiante que ilumina mi sendero y como la lluvia fresca que renueva y vivifica mi alma sedienta. Haz brotar en mí un nuevo y glorioso comienzo, un renacer espiritual. Todo esto te lo pido en el precioso nombre de Jesús, mi Salvador. Amén.