LAS BUENAS ACCIONES
Jesús, con su sabiduría infinita y penetrante mirada, no solo se detiene en la superficie de nuestras acciones, sino que profundiza hasta el corazón mismo de nuestras motivaciones. Por esta razón, en una de sus enseñanzas más reveladoras, dirigió a sus discípulos y a todos aquellos que aspiran a seguirle una advertencia crucial: «¡Tengan cuidado! No hagan sus buenas acciones en público para que los demás los admiren, porque perderán la recompensa de su Padre, que está en el cielo.» Esta poderosa afirmación, encontrada en Mateo capítulo 6 versículo 1, establece un principio fundamental para la vida espiritual.
Por medio de estas inquebrantables palabras, Jesús nos confronta con una verdad que a menudo resulta incómoda y desafiante: la motivación detrás de nuestras acciones tiene un peso y una importancia tan grandes como la acción misma. No es suficiente con simplemente realizar buenas obras; se nos exige un examen profundo para discernir la verdadera razón y para quién las llevamos a cabo. Existe un peligro sutil, pero devastador, al que estamos constantemente expuestos: el de hacer lo correcto, lo moralmente aceptable, pero con una intención fundamentalmente incorrecta o impura. Esta incongruencia puede vaciar de significado nuestros mejores esfuerzos.
En el sendero de la vida cristiana, es alarmantemente fácil caer en la trampa insidiosa de buscar la aprobación y el aplauso de nuestros semejantes. Podemos dedicarnos a la oración fervorosa, a la ayuda generosa a los necesitados, a la ofrenda sacrificial o al servicio diligente, pero si en lo más íntimo de nuestro ser anhelamos ser vistos, reconocidos o aplaudidos por la multitud, entonces, tristemente, ya hemos recibido nuestra única recompensa: el fugaz reconocimiento humano. Sin embargo, esa recompensa es por naturaleza efímera, inherentemente vacía y extremadamente limitada en su alcance y valor.
Dios, en su infinita omnisciencia, mira más allá de lo evidente, observando lo secreto y lo oculto. Él ve lo que absolutamente nadie más percibe: la pureza o impureza de nuestra intención, la profundidad de nuestra sinceridad, y la verdadera humildad o soberbia que reside en nuestro espíritu. Las acciones que se realizan en lo oculto, sin buscar la mirada o el halago ajeno, y que brotan de un corazón verdaderamente puro, poseen un valor inconmensurable y eterno delante de Él. Jesús nos exhorta y nos invita a cultivar una fe auténtica y genuina, donde nuestras obras no sean un mero espectáculo para la galería, sino la expresión más profunda y sincera de un amor verdadero y desinteresado hacia Dios.
Este pasaje, con su profunda carga espiritual, nos llama a realizar un examen riguroso y constante de nuestro propio corazón. Debemos preguntarnos honestamente: ¿Por qué actuamos como actuamos? ¿Nuestro principal objetivo es agradar a Dios y honrar su nombre, o más bien buscamos impresionar, complacer o manipular la percepción de las personas a nuestro alrededor? La verdadera integridad espiritual radica en ser exactamente los mismos en nuestro comportamiento público y en nuestra vida privada, viviendo constantemente bajo la mirada escrutadora y amorosa de Dios, y no bajo la efímera y a menudo superficial mirada de los hombres.
Cuando logramos comprender y asimilar la profunda verdad de que nuestro Padre celestial ve y valora lo que se hace en lo secreto, experimentamos una libertad transformadora. Ya no sentimos la necesidad imperiosa de aparentar, de crear fachadas, ni de competir por el reconocimiento y la validación externa. Podemos servir con una alegría desbordante y una paz inquebrantable, con la plena certeza de que Dios honra y recompensa todo aquello que nace de un corazón sincero, humilde y entregado a Él.
Oremos:
Oh Señor, con humildad te pido que examines las profundidades de mi corazón y purifiques cada una de mis intenciones. Ayúdame, te ruego, a realizar lo correcto y lo bueno, no para buscar la alabanza o la admiración de los demás, sino con el único y puro propósito de agradarte a Ti, mi amado Dios. Líbrame, te suplico, del deseo insaciable de reconocimiento humano y enséñame a vivir cada día en verdadera humildad y en profunda verdad delante de tu presencia. Que cada obra que tenga el privilegio de realizar sea una expresión genuina y sincera de mi amor incondicional hacia Ti. Oro en Tú bendito nombre mi amado Salvador Jesucristo. Amén.