AL TERCER DÍA.
Era la madrugada de un domingo de Pascua, cuando dos ángeles, con su presencia imponente y resplandeciente, se aparecieron a las mujeres que habían ido a visitar el sepulcro de Jesús. Con voces que resonaban con la autoridad del cielo, les recordaron las palabras que el propio Jesús había pronunciado durante su ministerio: “que el Hijo del hombre tenía que ser entregado en manos de pecadores, que lo crucificarían y que al tercer día iba a resucitar.” Lucas capítulo 24, versículo 7.
Este mensaje, proclamado por los ángeles, nos revela una verdad profunda: la muerte y resurrección de Jesús no fueron un suceso accidental, ni mucho menos una derrota. Fueron, en cambio, el cumplimiento perfecto del plan divino para la salvación de toda la humanidad. Jesús mismo había anunciado con antelación que Él, el Hijo del Hombre, sería entregado a pecadores, sería crucificado, y que al tercer día se levantaría de entre los muertos. Este anuncio nos muestra con claridad que el sufrimiento de Cristo no era el punto final de la historia, sino el camino ineludible hacia una victoria eterna.
La expresión “tenía que ser entregado” nos desvela que detrás del aparente fracaso de la cruz, existía un propósito divino. Dios, en su amor inmenso e inagotable, permitió que Jesús cargara sobre sí el peso abrumador de nuestro pecado, todo ello para reconciliarnos de nuevo con Él. La cruz, que a los ojos del mundo parecía ser un símbolo de vergüenza y derrota, se transformó, por obra divina, en el acto más grandioso de amor y misericordia jamás conocido. Fue allí, en esa cruz, donde Jesús pagó el precio que nosotros, por nuestra propia cuenta, nunca podríamos haber pagado.
Cuando el texto bíblico nos dice que sería “crucificado”, nos confronta con la cruda realidad del dolor y del sacrificio extremo. Cristo experimentó el rechazo más profundo, la injusticia más flagrante y el sufrimiento humano en su expresión más desgarradora. No obstante, este inmenso padecimiento no fue en vano; tenía un propósito redentor inigualable: ofrecernos el perdón, la libertad y una vida nueva.
Y entonces, la frase “al tercer día iba a resucitar” emerge como la proclamación más vibrante de esperanza. La resurrección de Jesús es la prueba irrefutable de que el pecado no tiene la última palabra, de que la muerte ha sido vencida y de que en Cristo hallamos la promesa de la vida eterna. La tumba vacía, ese testimonio silencioso pero elocuente, nos recuerda con poder que Dios siempre cumple sus promesas, incluso cuando todo parece perdido y la desesperación nos acecha.
Esta verdad trascendental resuena y habla con poder a nuestras propias vidas hoy. Con frecuencia, atravesamos momentos de dolor profundo, de incertidumbre abrumadora o de pruebas que, a primera vista, parecen carecer de sentido. Sin embargo, tal como la cruz no fue el final definitivo para Jesús, tampoco nuestras dificultades lo serán para nosotros. Dios, en su infinito poder, puede transformar nuestro sufrimiento en una bendición inesperada, nuestras lágrimas en un gozo inmensurable y nuestra desesperanza en una fe renovada y vibrante.
La resurrección nos extiende una invitación inquebrantable a confiar plenamente en que Dios siempre, y en toda circunstancia, tiene la última palabra. Nos llama a vivir con una esperanza firme, sabiendo con certeza que Cristo venció al pecado y a la muerte, y que su gloriosa victoria es, también, nuestra propia victoria.
Oremos:
Señor Jesús, te doy gracias infinitas por tu sacrificio supremo en la cruz y por tu victoria gloriosa sobre la muerte. Gracias porque tu amor, inmenso e incondicional, fue mucho más grande que mi pecado. Ayúdame, Señor, a confiar plenamente en tus promesas, incluso en medio de las pruebas más difíciles. Que la verdad inquebrantable de tu resurrección llene mi corazón de esperanza inagotable y fortalezca mi fe cada día. Amén.