EL CLAMOR DE LOS SANTOS
Apocalipsis 8:1 Cuando el Cordero rompió el séptimo sello del rollo,* hubo silencio por todo el cielo durante una media hora. 3 Entonces vino otro ángel con un recipiente de oro para quemar incienso y se paró ante el altar. Se le dio una gran cantidad de incienso para mezclarlo con las oraciones del pueblo de Dios como una ofrenda sobre el altar de oro delante del trono. 4 El humo del incienso, mezclado con las oraciones del pueblo santo de Dios, subió hasta la presencia de Dios desde el altar donde el ángel lo había derramado. 5 Entonces el ángel llenó el recipiente para quemar incienso con fuego del altar y lo lanzó sobre la tierra; y hubo truenos con gran estruendo, relámpagos y un gran terremoto. NTV.
El apóstol Juan, después de ver a la multitud de personas salvas delante del trono del Creador, observa cómo el Cordero extiende su mano para romper el último sello del rollo que había sido tomado de la mano de Dios. En ese instante, el silencio se apodera de todos los habitantes de la morada celestial: un silencio de temblorosa expectación, una pausa dramática que interrumpe las alabanzas de los órdenes angélicos superiores. Es un silencio absoluto que dura casi media hora. Este silencio puede entenderse como una especie de pausa significativa en el relato de la visión del apóstol Juan, un momento solemne de preparación antes de que se desvele una nueva y grandiosa revelación. O bien, podría ser el tiempo especialmente destinado para que las oraciones de los santos que sufren en la tierra sean escuchadas con toda claridad delante del trono celestial.
Las oraciones de los creyentes en la tierra subían clamando a Dios por socorro; pedían el pronto regreso del Señor a este mundo; suplicaban que Él saliera en defensa de ellos contra quienes los afligían por causa de su fe en el Evangelio. Durante esa media hora de silencio, las oraciones de estos santos fueron atendidas. Las necesidades de los fieles eran más importantes para Dios que todas las alabanzas que se entonan en el Cielo. En ese espacio de quietud, Dios percibe hasta la oración susurrada de los más humildes que confían en Él.
El ángel presentó estas súplicas sobre el altar; al igual que los demás sacrificios, se elevaban hasta Dios envueltas en el aroma agradable del incienso. Y el Señor no tardaría en responder al clamor de su pueblo contra quienes lo afligían. Una vez que hubo presentado las oraciones de los santos ante Dios, el ángel tomó de nuevo el incensario, lo llenó con carbones encendidos tomados del altar y los arrojó sobre la tierra. Este acto fue como un presagio de los juicios que Dios enviaría sobre todas las naciones y pueblos que persiguen a su pueblo y se niegan a recibir las buenas nuevas de su amado Hijo, Jesucristo. Al caer esos carbones, se produjo un efecto semejante al de una gran explosión: hubo truenos, voces, relámpagos y terremotos. Estos son los signos de la justicia inminente de Dios: ha llegado la hora en que se manifiesta su rectitud sobre todos los que afligieron al pueblo santo. Son las oraciones de los santos las que atraen sobre la tierra el juicio del Creador, un juicio que siempre viene atemperado por su misericordia.
Los primeros cristianos murieron esperando el cumplimiento de sus oraciones al Creador; pidieron que llegaran los justos juicios de Dios sobre el imperio que los persiguió y los afligió por causa de su fe en Jesucristo. Aunque no vieron la respuesta visible a sus súplicas, se mantuvieron firmes en su fe hasta el final de sus días. Al fin de los tiempos, Dios dará respuesta definitiva al clamor de esos santos y pondrá fin a todos aquellos que afligieron, afligen y afligirán a los escogidos de Dios.
Queridos hermanos. Cuando pasas por momentos difíciles, pruebas o aflicciones, y sientes que hay silencio de parte de Dios, no pienses que Él se ha olvidado o que no escucha. Ese silencio no es rechazo, es atención total. Dios pone en pausa todo lo demás para enfocarse en tu clamor, en tu dolor y en tu necesidad. Él valora tus súplicas incluso más que las alabanzas de los ángeles. Aprende a esperar en el silencio, sabiendo que en ese espacio, Dios está escuchando con toda claridad lo que hay en tu corazón. Hermanos: nuestras oraciones nunca serán en vano. Dios escucha cada petición que le hacemos, siempre que la hagamos conforme a la voluntad del Espíritu Santo que habita en cada uno de nosotros.. No debemos impacientarnos si no recibimos una respuesta inmediata a nuestras oraciones: Dios conoce el momento exacto en el que dará cumplimiento a nuestras peticiones. Mantengámonos firmes, tal como lo hicieron los creyentes que nos precedieron, hasta que lleguemos a la presencia de nuestro amado Creador.