MORIR POR CAUSA DEL EVANGELIO.
Apocalipsis 1:9 Yo, Juan, soy hermano de ustedes, y su compañero en el sufrimiento, en el reino de Dios y en la paciente perseverancia a la que Jesús nos llama. Me exiliaron a la isla de Patmos por predicar la palabra de Dios y por mi testimonio acerca de Jesús. 10 Era el día del Señor, y yo estaba adorando en el Espíritu.* De repente, oí detrás de mí una fuerte voz, como un toque de trompeta, 11 que decía: Escribe en un libro todo lo que veas y envíalo a las siete iglesias que están en las ciudades de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. NTV.
Habían pasado ya algunos años, quizás varias décadas, desde la partida de Jesucristo de este mundo terrenal, y los creyentes, que fueron testigos y partícipes directos de esa partida, esperaban con ansias y ferviente anhelo el cumplimiento pleno de las promesas que Cristo mismo había pronunciado. Con corazones llenos de esperanza, los cristianos esperaban su inminente regreso triunfal a este mundo. En esos largos y desafiantes años de espera, afrontaron persecuciones severas y continuas. La mayor parte de los creyentes fueron víctimas de un sufrimiento inaudito a causa de esta implacable persecución que se extendió a lo largo y ancho del vasto Imperio Romano. Trágicamente, algunos habían sido asesinados cruelmente, derramando su sangre por la firmeza de su fe inquebrantable en las palabras vivas de Jesucristo.
Dios, al ver la aflicción de todo su pueblo cristiano, quiso darles esperanza para que siguieran adelante, perseverando en la fe en su Hijo amado Jesucristo. Por eso, Dios escogió a Juan para mostrarle los acontecimientos futuros, eventos que se desatarían contra todos aquellos que afligían a sus seguidores. Dios le mostró a Juan los planes futuros para este mundo. Juan fue uno de los discípulos de Jesucristo, el único de los doce discípulos originales que no fue asesinado por causa de su fe. Cuando Juan recibió estas visiones del futuro, estaba desterrado en la isla de Patmos, en el Mar Egeo, enviado allí por los romanos porque no quiso dejar de proclamar las buenas nuevas de Jesucristo.
El apóstol Juan, en aquella isla, desterrado de su patria natal Israel, en el día del Señor, elevaba plegarias y oraciones. Se encontraba rindiendo su adoración en Espíritu, y en ese momento de comunión íntima con el Creador, Juan pudo escuchar una voz que le hablaba, una voz tan fuerte como de una trompeta. Que decía: “Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último”. Cuando Juan escuchó estas palabras, pudo entender que quien le hablaba era el Dios eterno. Pues el Alfa y la Omega eran las dos letras del alfabeto griego, la primera letra el inicio del alfabeto y la otra el final. Estas dos letras, en sí mismas, significaban eternidad, es decir, Dios no tiene principio ni fin.
Dios le ordenó al apóstol Juan que escribiera todas las cosas que iba a ver, y luego de terminar de escribir, le ordenó enviar el mensaje a las siete iglesias. El mensaje de Dios debía ser escrito con claridad, para que las iglesias que recibieran estas cartas pudieran entender y aplicar ese mensaje a sus vidas. Por las constantes persecuciones que habían sufrido las iglesias cristianas primitivas, se estaban desviando poco a poco de los caminos del Señor. Dios, a través de estas cartas, deseaba que nuevamente volvieran a sus raíces, deseaba que volvieran a tener la misma intimidad que tuvieron al inicio de sus vidas cristianas. Dios deseaba corregir a esas iglesias antes de que llegara el día del regreso del Señor.
Queridos hermanos. Para los cristianos primitivos no fue fácil seguir en los caminos del Señor, pero a pesar de esa dificultad, ellos siguieron adelante con su fe, sin importarles las consecuencias que podrían enfrentar a causa de la proclamación del Evangelio. La mayoría de los cristianos primitivos dieron su vida por expandir el mensaje de salvación por medio de Jesucristo; no temían morir por cumplir la voluntad de su amado Señor. Gracias a la valentía de esos hombres y mujeres, nosotros podemos disfrutar de nuestra salvación, podemos disfrutar del amor de nuestro Creador. Hermanos, en la actualidad tenemos la libertad para expandir el mensaje de salvación por medio de nuestro Señor. Pues si tenemos esa libertad, ¿por qué no estamos aprovechando en llevar el mensaje de salvación a más personas del mundo? ¡O acaso! ¿Estamos esperando que vengan los días de persecución para empezar a cumplir con nuestra gran comisión…?