NADIE PUEDE CUESTIONAR A DIOS.
Después de haber perdido absolutamente todo lo que poseía: sus hijos, su salud, sus vastas riquezas y el respeto tanto de su esposa como de sus amigos más cercanos, Job se atrevió a clamar con vehemencia, a cuestionar con dolor y a exigir respuestas directamente a Dios. Su sufrimiento era innegablemente real, su dolor era profundo e insoportable, y sus preguntas, desde una perspectiva humana, eran completamente comprensibles. Sin embargo, cuando Dios finalmente decide hablarle, no responde directamente al «¿por qué?» de su padecimiento, sino que revela Su inmensa e inalcanzable grandeza y soberanía. Dios le confrontó con una pregunta retórica: «¿Todavía quieres discutir con el Todopoderoso? Tú criticas a Dios, pero ¿acaso tienes las respuestas a los misterios del universo?» (Job capítulo 40 versículo 2).
Dios, por medio de estas poderosas palabras, no buscó en ningún momento aplastar el espíritu de Job, sino más bien establecer cada cosa en su justa y divina perspectiva. Es crucial comprender que el Todopoderoso no teme las preguntas honestas y genuinas que brotan de un corazón afligido; lo que sí rechaza enfáticamente es la actitud arrogante y presuntuosa del acusador: aquella que se atreve a criticar y juzgar desde una posición de profundo orgullo o una falsa autojusticia, como si el limitado ser humano pudiera siquiera poseer la misma perspectiva omnisciente, la sabiduría infinita y la autoridad soberana de su propio Creador.
Criticar el obrar de Dios resulta una tarea sorprendentemente fácil cuando nos atrevemos a medir Su insondable accionar con nuestra lógica humana, intrínsecamente limitada, y con nuestro sentido de justicia, tan fragmentado e incompleto. Anhelamos que Dios actúe siempre como un eficiente gerente de recursos que resuelve problemas al instante, un médico que cura sin dilación todas nuestras dolencias o un juez que sentencia sin demora, según nuestros estrechos criterios. Sin embargo, la pregunta divina que resuena es profundamente demoledora y nos confronta con nuestra propia insignificancia: “¿Acaso tú tienes las respuestas a los misterios del universo?”.
Job, en su inmensa angustia, no podía, ni por asomo, explicar el origen y la vasta complejidad del cosmos, el delicado equilibrio de los ecosistemas, el incomprensible misterio del mal o, mucho menos, el propósito subyacente a su propio e insoportable dolor. Y si no posee las respuestas a los “cómos” de la magnificente creación que lo rodea, ¿con qué fundamento o autoridad podría entonces atreverse a criticar los “por qués” de la providencia divina?
Dios, en Su infinita paciencia y comprensión, permite y valora el diálogo sincero y abierto con el ser humano; pero al mismo tiempo, corrige con firmeza el tono altivo y presuntuoso de aquel que se siente con el descabellado derecho a sentar al Creador mismo en el banquillo de los acusados. La fe verdadera y madura no suprime en absoluto las preguntas, que son naturales al espíritu humano, pero las presenta con una humildad profunda y sincera, reconociendo el abismo insalvable que existe entre el limitado conocimiento humano y la inmensa, incomprensible sabiduría divina.
La lección imperecedera para nosotros hoy es meridianamente clara: en medio del dolor más profundo, podemos clamar a Dios con todas nuestras fuerzas, pero jamás juzgar Sus designios. Podemos suplicar Su misericordia y ayuda, pero nunca dictarle sentencia. Y cuando nuestra mente limitada no logre entender Sus caminos, podemos y debemos recordar con absoluta certeza que Aquel que sostiene las innumerables estrellas en el firmamento también sostiene nuestra causa, nuestro ser y nuestro futuro, incluso cuando, a nuestros ojos, guarda un silencio inescrutable.
Oremos:
Señor, te pido perdón por mis críticas, a menudo disfrazadas de preguntas, que nacen de mi propia ignorancia y soberbia. Ayúdame a confiar plenamente en Tu carácter inmutable y perfecto, incluso cuando no logre entender Tus caminos misteriosos. Concédeme la humildad genuina de Job, que al final de su tormento no recibió todas las respuestas que buscaba, pero te vio a Ti, y esa profunda revelación le fue más que suficiente para restaurar su fe. Oro en tu santo nombre mi amado Cristo Jesús. Amén.