ORACIÓN Y FE
«Ustedes pueden orar por cualquier cosa, y si tienen fe la recibirán.» Mateo 21:22.
Para entender la profundidad de esta promesa, debemos situarnos en el momento en que Jesús la pronunció. Es la semana de su crucifixión. Viene de maldecir una higuera estéril, y los discípulos se sorprenden de que esta se haya secado de inmediato. Jesús entonces les habla del poder de la fe, usando la imagen de una montaña siendo lanzada al mar.
Inmediatamente después de esa enseñanza, añade este versículo. No es una declaración aislada sobre «técnicas de oración», sino una lección sobre la confianza radical en el poder y la fidelidad de Dios.
La primera palabra que resuena es: «cualquier cosa». Jesús pone un cartel de «entrada libre» en la puerta de la oración. No hay asunto demasiado pequeño, ni demasiado grande que no pueda ser llevado ante el Padre celestial.
Sin embargo, es crucial entender que este «cualquier cosa» no es una carta en blanco para nuestros caprichos egoístas. El contexto de todo el Evangelio nos muestra que la oración efectiva está alineada con la voluntad de Dios. El mismo Jesús, horas antes de morir, oró: «No sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieres» Mateo capítulo 26 versículo 39. La verdadera oración no intenta convencer a un Dios reacio; busca sintonizar nuestro corazón con el suyo. Dios se interesa por nuestras finanzas, nuestra salud, nuestros estudios y nuestras relaciones. Y sobre todo por nuestra relación con Él. Si pedimos por cualquiera de estas cosas, podemos tener la certeza que escuchará nuestras oraciones y dará su respuesta a su debido tiempo.
Para tener la respuesta favorable de Dios, es indispensable tener fe. La fe no es un sentimiento ni un simple asentimiento intelectual a que Dios existe. La fe, en la Biblia, es confianza activa. Es una declaración audaz basada en la promesa de Dios.
La fe verdadera obra por amor y se traduce en acciones. Si decimos tener fe por algo y no actuamos en coherencia con esa confianza, nuestra fe es muerta Santiago capítulo 2 versículo 17. Por último: la fe es la mano extendida que recibe lo que Dios da. Sin esa mano extendida, aunque el regalo esté disponible, no podemos sostenerlo.
Estás palabras del Señor nos revela la dinámica del Reino de Dios: un Padre generoso que invita a sus hijos a pedir, y una fe activa que confía en su bondad. La oración no es un monólogo en una habitación vacía; es el diálogo vivo con el Dios que mueve montañas.
Imaginemos nuestra oración como una semillas plantadas en suelo fértil: la fe las riega hasta que fructifican. En tiempos de prueba, clama con audacia, recordando que Dios honra la confianza infantil. Esta verdad motiva a perseverar, sabiendo que el Padre escucha y actúa para nuestro bien eterno.
Hoy, Jesús nos dice lo mismo que a sus discípulos: No subestimes el poder de una oración hecha con fe. Esa montaña que vemos frente a nosotros, ese problema que parece insuperable, puede ser lanzado al mar. No por nuestras fuerza, sino por la grandeza de Aquel en quien confíamos.
Oración.
Señor, gracias porque me invitas a orar por cualquier cosa. Perdona mi incredulidad y mis oraciones sin fe. Hoy decido confiar no en mi capacidad de pedir, sino en tu fidelidad para responder. Aumenta mi fe y ayúdame a vivir esperando tu respuesta con gozo y seguridad. En el nombre de Jesús, Amén.