AGRADAR A DIOS
HEBREOS 13:2. No se olviden de brindar hospitalidad a los desconocidos, porque algunos que lo han hecho, ¡han hospedado ángeles sin darse cuenta! 3 Acuérdense de aquellos que están en prisión, como si ustedes mismos estuvieran allí. Acuérdense también de los que son maltratados, como si ustedes mismos sintieran en carne propia el dolor de ellos. 16 Y no se olviden de hacer el bien ni de compartir lo que tienen con quienes pasan necesidad. Estos son los sacrificios que le agradan a Dios. NTV.
Los asaltos a los hogares, así como los secuestros a Domicilio, cada vez más se van incrementando alrededor del mundo. Estas maneras de delinquir, están causando un gran temor entre las personas, razón por la cual, las personas están optando por no abrir la puerta de sus hogares a desconocidos, pues no saben con que intenciones tocan sus puertas. Quienes llaman a la puerta, pueden ser personas que realmente necesiten alguna hospitalidad, pero también pueden ser delincuentes disfrazados de personas humildes que buscan ayuda para resguardarse del frio, o saciar el hambre. Para evitar cualquier sorpresa, las personas pese a su generosidad y hospitalidad, están dejando de abrir sus puertas a los necesitados.
No todas las personas han dejado la hospitalidad y la generosidad a un lado por el miedo a la delincuencia, algunos lo han dejado por el egoísmo que albergan en sus corazones, estas personas no están dispuestos a compartir los recursos que tienen con otros, pese a conocer las necesidades por las cuales está atravesando su prójimo. Este comportamiento egoísta no es nada bueno, menos aún para las personas que han aceptado a Jesucristo como su Señor y Salvador, pues la voluntad del unigénito Hijo de Dios es que todos sus seguidores sean hospitalarios, y generosos con todas las personas necesitadas.
Dios desea que todos sus hijos abran la puerta de sus hogares y les extiendan la mano a las personas necesitadas, ya sea brindándoles hospitalidad en sus hogares, o compartiendo de sus bendiciones con su prójimo. La hospitalidad en el mundo antiguo no era simplemente un acto de cortesía, sino una necesidad vital para viajeros en tierras peligrosas. El escritor de esta carta eleva esta práctica terrenal a un nivel espiritual: y da a conocer que, al recibir al desconocido, el creyente podría estar recibiendo mensajeros celestiales. Esto evoca las historias como la de Abraham recibiendo a los tres visitantes o la viuda de Sarepta acogiendo al profeta Elías. La hospitalidad cristiana va más allá de recibir conocidos; implica apertura hacia el otro, especialmente hacia quienes no forman parte del círculo natural de cada creyente. En un mundo que construye muros físicos y sociales, el cristiano está llamado a construir puentes, reconociendo que cada persona lleva la imagen de Dios y que Cristo mismo se identifica con el extranjero o el necesitado.
Dios también anhela que sus hijos también se preocupen de las personas que se encuentran en las prisiones, como si uno mismo sintiera en carne propia el dolor de ellos. Para el creyente no debe bastar con sentir lástima de los que están en prisión; debe identificarse con el sufrimiento del otro hasta hacerlo propio. En tiempos de injusticia, encarcelamiento, persecución o violencia, el creyente no puede permanecer indiferente. La comunión en Cristo une a las personas de tal manera que el dolor de uno es el dolor de todos. Esta solidaridad activa es una forma de testimonio profético en un mundo que suele mirar hacia otro lado. Al cumplir con estas buenas acciones, el creyente podrá agradar a Dios.
Queridos hermanos. En un tiempo en que el individualismo y la autosuficiencia dominan, el evangelio nos llama a abrirnos a nuestro prójimo, a reconocer en cada rostro una oportunidad de encontrar a Dios, y a transformar las vidas en un altar vivo de generosidad. No debemos olvidar que el amor no es una opción, sino el distintivo del discípulo de Cristo. Y que, al practicarlo, no solo bendeciremos a nuestro prójimo, sino que ofreceremos a Dios el sacrificio más precioso: un corazón que ama como Él ama. Hermanos. Hospedar al extraño, recordar a los prisioneros y maltratados como si fuéramos los que estamos atravesando por esa situación, así como compartir nuestras bendiciones con los más necesitados, es el anhelo de Dios para cada uno de nosotros. Al cumplir con este anhelo, agradaremos a Dios y estaremos reflejando que realmente somos sus hijos.