Jesus Is Life

CRUCIFICADOS CON CRISTO

CRUCIFICADOS CON CRISTO

Antes de aceptar a Cristo en su corazón, el hombre vive bajo el dominio de su naturaleza carnal. Esta naturaleza controla completamente la voluntad del hombre, por eso vive para satisfacer a esos deseos caprichosos y perversos albergados en su interior. El control que ejerce la carnalidad en la vida del hombre es tan fuerte, que en sus propias fuerzas no puede liberarse de ella. Necesita la ayuda divina para liberarse de este control y solo lo encuentra cuando el hombre finalmente acepta el sacrificio que realizó Cristo Jesús, porque al aceptar a Cristo, el hombre crucifica a su naturaleza carnal en el madero conjuntamente con Él. Esta enseñanza nos comparte el apóstol Pablo en su carta dirigida a la iglesia de la provincia romana de Galacia en Asia Menor «Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí. Gálatas 2:20 NTV.

Cuando el unigénito Hijo de Dios entregó su vida en el madero, no murió tan sólo como nuestro Sustituto, sino también murió como nuestro Representante; no sólo murió por nosotros sino como si fuésemos nosotros los que estábamos en ese madero. Cuando murió, nosotros también morimos en un sentido muy real. Todo lo que nosotros éramos como hijos de Adán, nuestro viejo yo, nuestra vieja naturaleza mala, pecadora y no regenerada, fue clavada en la Cruz juntamente con nuestro Señor. Por eso cuando Dios nos ve, ya no nos ve como pecadores dignos de toda condenación, sino que nos ve como justos, porque todos nuestros pecados murieron en el madero conjuntamente con su Hijo. Al aceptar el sacrificio de Cristo en nuestro corazón hemos llegado a ser uno con Él y sus experiencias son nuestras. Nuestra vida cristiana empieza cuando, en unidad con Él, morimos a la antigua vida controlada por el deseo de la carne.

Al considerar el inmenso amor que tiene Cristo Jesús por nosotros y su sacrificio en la cruz, deberíamos llevar una vida apartada de toda contaminación pecaminosa del mundo, sin ceder a los impulsos de nuestra vieja naturaleza, que ya fue crucificada en el madero del sacrificio, y por ende ya no ejerce control absoluto de nuestras vidas. Ahora que Cristo vive en nuestro interior, debemos dejar que Él tome el control absoluto de nuestro ser, para que podamos vivir siempre bajo su voluntad, complaciéndole en todo, y mucho más de lo que complacíamos a nuestra vieja naturaleza. Ahora debemos honrar y glorificar a Jesucristo por todo lo alto, obedeciéndole y sirviéndole constantemente con los dones y talentos que hemos recibido, porque nuestra obediencia y nuestro servicio es la única forma de mostrarle nuestra gratitud por liberarnos de la condenación eterna.

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