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CLAMEMOS POR EL BIENESTAR DEL MUNDO

CLAMEMOS POR EL BIENESTAR DEL MUNDO

JEREMÍAS 29:4 Esto dice el SEÑOR de los Ejércitos Celestiales, Dios de Israel, a los cautivos que él desterró de Jerusalén a Babilonia: 5 “Edifiquen casas y hagan planes para quedarse. Planten huertos y coman del fruto que produzcan. 6 Cásense y tengan hijos. Luego encuentren esposos y esposas para ellos para que tengan muchos nietos. ¡Multiplíquense! ¡No disminuyan! 7 Y trabajen por la paz y prosperidad de la ciudad donde los envié al destierro. Pidan al SEÑOR por la ciudad, porque del bienestar de la ciudad dependerá el bienestar de ustedes”. NTV.

Cuando una persona se encuentra en un lugar en contra de su voluntad, no se siente cómoda y por nada del mundo, trataría de hacer algo que pueda beneficiar al lugar donde se encuentra. Este sentimiento fluía del corazón del pueblo hebreo, al encontrarse contra su voluntad en las tierras del imperio babilonio. Ellos esperaban impacientemente que el Señor los liberara y los llevara nuevamente a las tierras que les había dado a sus antepasados. Ante este sentimiento unánime de todo el pueblo, se levantaron falsos mensajeros de Dios, y les daban falsas esperanzas de que pronto serían liberados del cautiverio. Estas falsas esperanzas, alimentaban la decisión que habían tomado los hebreos para no echar raíces en esas tierras extrañas, ni hacer trabajos que puedan impulsar la prosperidad del imperio.

Ante esta decisión errónea que habían tomado sus compatriotas exiliados, Jeremías bajo la inspiración del Señor, les escribió una carta instruyéndoles para que desistan de la absurda decisión que habían tomado, ya que ellos no serían liberados inmediatamente del cautiverio, sino que tendrían que pasar muchos años viviendo en esas tierras. Esta carta fue enviada al principio del reinado de Sedequías. Ya que este monarca judío había enviado una misión diplomática a la corte real de Nabucodonosor, rey del imperio babilónico. Para este fin, Jeremías utilizó a un miembro del cuerpo diplomático que era de su entera confianza, para que les entregara diligentemente este escrito a los líderes de los exiliados.

Por medio de su carta, el profeta Jeremías instruyó a sus compatriotas exiliados en Babilonia, para que echen raíces en esas tierras, que construyan casas y hagan planes para quedarse por un largo tiempo viviendo ahí. Además, les instruyó para que plantasen huertos y comieran de los frutos que produjeran. Y no solo eso, sino que también, les dijo que se casaran y procrearan para que aumentara el número de la dinastía del pueblo hebreo en tierras babilonias. El Señor anhelaba que su pueblo escogido no se pierda en el exilio, sino que se multiplicasen para repoblar nuevamente la tierra de sus ancestros después del cautiverio.

Y como Babilonia iba a ser su hogar por muchos años, el Señor también les mandó a los exiliados que trabajaran por la paz y prosperidad del imperio, así mismo, que clamaran por el bienestar de esas tierras porque del bienestar de esas tierras dependería el bienestar de ellos. Estas últimas instrucciones dadas por el Señor, posiblemente fueron mortificantes para a los exiliados judíos ya que ellos no anhelaban el bienestar del pueblo que los mantenía cautivos, pero el Señor con estas instrucciones quería que su pueblo escogido entendiera que, si las cosas marchaban bien para Babilonia, también les iría bien a ellos en todo.

Queridos hermanos. Nosotros no somos muy diferentes al pueblo hebreo que se encontraba exiliado en el territorio babilonio, porque como el pueblo redimido por la sangre de Cristo, en esta tierra somos extranjeros y peregrinos, pues este mundo, no es nuestra morada final. Nuestra morada eterna se encuentra en el reino celestial, junto a nuestro amado redentor. Hermanos. Mientras estemos en este mundo, debemos trabajar por su paz y prosperidad, además, debemos clamar de todo corazón al Señor por el bienestar de la tierra donde vivimos. Si este mundo goza del cuidado y la protección de Dios, nosotros también. Solo la paz y prosperidad nos capacitarán mejor para cumplir el mandato que nos ha dado el Señor, la cual es de predicar el evangelio de la salvación y la vida eterna a todo el mundo.

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