EL DESTINO DE LOS PERVERSOS.

SALMOS 73:2 Pero en cuanto a mí, casi perdí el equilibrio; mis pies resbalaron y estuve a punto de caer, 3 porque envidiaba a los orgullosos cuando los veía prosperar a pesar de su maldad. 4 Pareciera que viven sin problemas; tienen el cuerpo tan sano y fuerte. 5 No tienen dificultades como otras personas; no están llenos de problemas como los demás. 16 Traté de entender por qué los malvados prosperan, ¡pero qué tarea tan difícil! 17 Entonces entré en tu santuario, oh Dios, y por fin entendí el destino de los perversos. NTV.

La envidia es el anhelo de poseer las cosas que le pertenecen a otras. Este sentimiento negativo, está instaurada en el corazón de todas las personas, y espera pacientemente manifestarse en la mínima oportunidad que se le presente. Ante el progreso descomunal de las personas que no caminan en los caminos del Señor, la envidia se manifiesta en el corazón e invade la mente de algunos seguidores de Cristo. Bajo el dominio de la envidia, este grupo de cristianos anhelan esa prosperidad para ellos, y en ocasiones llegan a pensar que ellos también alcanzarían la prosperidad, si abandonaran el camino de la salvación y la vida eterna. En el pasado, el salmista al ver la prosperidad de los malvados, sintió envidia de ellos y bajo ese dominio, casi cae de la comunión que había mantenido por muchos años con el eterno Creador.

Las personas inconversas, a veces, tienen una gran cuota de prosperidad exterior. Parecen tener la menor cuota de problemas de esta vida; y parecen tener la mayor cuota de comodidades. Estas personas por lo general viven sin temor de Dios; no obstante, prosperan y progresan en el mundo. Además, suelen pasar su vida sin mucha enfermedad, y la terminan sin gran dolor. En contraste a las personas malas y perversas, algunas personas que viven practicando la justicia y obedeciendo la palabra de Dios, sufren un sinfín de penalidades, pasan pruebas, necesidades y apenas saben qué es la salud y mueren con grandes y terribles sufrimientos.

El salmista al presenciar el progreso de los malvados, la envidia invadió su corazón y su mente, razón por la cual trató de entender por qué los malvados prosperaban, si ellos no eran dignos de recibir las bendiciones del eterno Creador. Por más que trató de entender esta aparente incoherencia. no halló la respuesta para su inquietud. Al igual que el salmista, en la actualidad, un gran número de seguidores de Cristo, anhelan saber las razones por las cuales, el eterno Creador sigue derramando de sus bendiciones, en la vida de las personas malas y perversas, que solo buscan sus propios beneficios antes que honrar y glorificar a Dios con sus vidas. El salmista ni ninguna otra persona, tienen derecho a hacer este cuestionamiento a Dios, ya que, si las bendiciones de Dios, solo deberían ser para los justos, ningún ser humano sería digno de recibir las bendiciones de Dios, debido a que toda la humanidad es pecadora y no viven bajo la voluntad del eterno Creador.

Después de una larga búsqueda de respuestas a sus inquietudes, el salmista entró en el santuario, se presentó delante de Dios y por fin entendió las razones porque el eterno Creador todavía no detenía las bendiciones a los malvados. Dios en su misericordia, es paciente y retiene el juicio sobre los malvados, pues espera que ellos en algún momento se arrepientan y entreguen sus vidas a Él, pero llegará el día en el cual el eterno Creador detendrá sus bendiciones sobre los malvados y derramará su justo juicio.

Queridos hermanos, al igual que el salmista, con frecuencia envidiamos la prosperidad de las personas inconversas, y bajo el dominio de este sentimiento perverso, se nubla nuestro entendimiento y llegamos al grado de cuestionar a Dios, tratando de que Él, nos dé una respuesta que nos satisfaga, y lo más pronto detenga las bendiciones sobre los malvados. Hermanos, cuando estemos perturbados o enojados por la aparente prosperidad de los inconversos, no debemos cuestionar a Dios ni tenerles envidia, debemos mirar más allá de las apariencias temporales, podemos mirar el desenlace final. Entonces, como el salmista, podremos superar nuestras dudas y esperar pacientemente el justo juicio de Dios sobre los malvados.

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