FUERZA Y FORTALEZA ES EL SEÑOR.

 

SALMOS 59:1 Rescátame de mis enemigos, oh Dios; protégeme de los que han venido a destruirme. 2 Rescátame de estos criminales; sálvame de estos asesinos. 3 Me han tendido una emboscada. Enemigos feroces están a la espera, SEÑOR, aunque yo no pequé ni los he ofendido. 4 No he hecho nada malo, sin embargo, se preparan para atacarme. ¡Despierta! ¡Mira lo que sucede y ayúdame! 9 Tú eres mi fuerza; espero que me rescates, porque, tú oh Dios, eres mi fortaleza. NTV.

 

Desde el momento que David fue ungido por el eterno Creador, como el sucesor de Saúl en el trono de Israel, su vida estaba en frecuente peligro, ya que el salmista sufrió la persecución por parte de Saúl quien quería asesinarlo para que no lo sucediera en el trono. Una vez que asumió el reinado de Israel, siguió siendo objeto de persecución, ya no por Saúl, sino por sus idearios que estaban en oposición al reinado de David. A esa persecución por parte de sus compatriotas, también se le añadieron la persecución de los enemigos del reino hebreo, quienes buscaban la muerte del monarca, para así apoderarse de todo el reino de Israel.

 

El salmista al estar en medio de la persecución, rindió su clamor al eterno Creador para que acudiera en su rescate, al igual que lo había hecho en ocasiones anteriores. David se encontraba rodeado por los ejércitos enemigos, quienes no solo querían capturarlo y llevarlo a una prisión, ellos querían asesinarlo. Ya que, con la muerte del monarca, el ejército de Israel dejaría sus armas y se someterían a la voluntad de sus enemigos. David no quería que sus enemigos triunfaran y se apoderaran del reino que Dios les había dado como una heredad.

 

En múltiples ocasiones, David había sido más astuto que sus enemigos, pues había logrado escurrirse de ellos con total facilidad, pero en esta ocasión no había logrado escapar de ellos, pues le habían tendido una trampa totalmente eficaz. Una vez que David había caído en la trampa, sus enemigos ferozmente lo acecharon para asesinarle. En su oración al Señor, David declaró que él no había pecado, ni ofendido a nadie, y menos aún lastimarlos. David no había hecho nada malo contra alguno de ellos, pero a ellos no les importaba eso, solo querían terminar con la vida del monarca. En este mundo perverso, es común que las personas que caminan bajo la voluntad del Señor, se ganen enemigos sin que hayan hecho nada contra ellos. Algunos enemigos aparecen solo por envidia, solo por el deseo de no querer ver a nadie triunfar más que a ellos.

 

Pero a pesar de estar rodeado por sus enemigos, David estaba confiado en el poder del Señor para rescatarlo de ese peligro. Por eso en su oración pidió a Dios que se despertara para socorrerle y liberarle de las manos de sus enemigos. El salmista confiadamente declaró: Tú eres mi fuerza; espero que me rescates, porque, tú oh Dios, eres mi fortaleza. David sin titubear confió en el cuidado y la protección de Dios, porque Él era su fuerza y fortaleza, su alto refugio en tiempos de aflicción. En los momentos de aflicción o persecución, el Señor es la fuerza y la fortaleza de quienes invocan su Santo Nombre.

 

Queridos hermanos, David a pesar de que no había pecado, ni lastimado a sus perseguidores, ellos lo emboscaron con una trampa, para capturarlo y asesinarlo. Pero David en esos momentos de aflicción, confió en el poder de Dios para rescatarlo y liberarlo de las asechanzas de sus enemigos, porque el Señor era su fuerza y su fortaleza. Hermanos, no es necesario que pequemos o lastimemos a las personas para ganarnos enemigos, pues ellos pueden aparecer de la nada, solo porque tienen envidia de nosotros, o alguna rencilla injustificada. En esos momentos difíciles de persecución o de aflicción, al igual que David, confiadamente extendamos nuestro clamor a quien es nuestra fuerza y fortaleza.

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