Devocional

NÚMEROS 36.

CONSERVAR LA IDENTIDAD.

6 Esto es lo que el SEÑOR ordena… 7 No se permite que ninguna tierra se transfiera de una tribu a otra, ya que toda la tierra asignada a cada tribu debe permanecer dentro de la tribu a la que inicialmente fue concedida. 8 Las hijas de todas las tribus de Israel que estén en línea para heredar la propiedad, deben casarse dentro de su propia tribu, de esta manera todos los israelitas conservarán sus propiedades patriarcales. 9 Ninguna porción de tierra puede pasar de una tribu a otra; cada tribu de Israel debe conservar la porción de tierra que le fue asignada. NTV.

Los peregrinajes del pueblo hebreo en el desierto estaban a punto de llegar a su fin. Los israelitas esperaban acampando en las orillas del rio Jordán, preparándose para su próximo gran paso: la conquista de la tierra prometida. En esa espera, surgieron muchas inquietudes dentro del pueblo con respecto a la futura repartición de la herencia territorial entre las tribus. Dios había ordenado a Moisés repartir las tierras en conformidad al tamaño de las tribus, para que de esa forma cada familia pueda acceder a una propiedad.

En la cultura hebrea, por lo general la tierra le pertenecía al hombre de la familia. Bajo esta cultura la herencia solo era repartida entre los hijos varones de la familia y las hijas mujeres no tenían parte en esa repartición. Zelofehad tuvo cinco hijas y ningún hijo. Bajo la ley hebrea las hijas de Zelofehad no iban a tener parte en la tierra prometida, razón por la cual el eterno Creador por petición de las hijas de Zelofehad estableció una ley para que ellas puedan acceder a la herencia que le hubiese correspondido a su padre. Esta ley determinaba que, si un hombre moría sin haber tenido hijos, entonces la herencia pasaría a sus hijas. Justamente por esta ley, surgió una preocupación dentro de la tribu a la cual pertenecían las hijas de Zelofehad. La preocupación era; si las hijas de Zelofehad se casaban con alguien que no pertenecía a su tribu, la tierra pertenecería a otra tribu en el año del jubileo.

Los líderes de la tribu a la que pertenecía Zelofehad se presentaron ante Moisés y los líderes de las demás tribus de Israel. Expusieron su preocupación con respecto a los territorios que habían heredado las hijas de Zelofehad, pues si se casaban, las tierras pasarían a pertenecer a las tribus de sus maridos, esto ocasionaría que la extensión territorial que fue repartida a la tribu de Manasés a la cual pertenecía Zelofehad y sus hijas, se reduciría ocasionando un desequilibrio territorial entre las tribus. Ante esta preocupación de las tribus, el eterno Creador a través de Moisés decretó: que las mujeres herederas de terrenos deberían casarse con hombres de sus propios clanes y tribus de modo que cada tribu retuviese su herencia original. Este decreto no ordenaba a la mujer con quien casarse, las mujeres podían casarse con cualquiera, pero tenía que ser con alguien de la tribu.

Queridos jóvenes, a través de este decreto, el Creador le dio prioridad a la conservación de la identidad de las tribus israelitas, así como a conservar las tierras dentro de la tribu. En la actualidad nosotros no tenemos esos inconvenientes en cuanto a la repartición de las herencias familiares como la tenían los israelitas, pero si tenemos una identidad que conservar. Somos cristianos y esta identidad es más valiosa e importante que todas las riquezas del mundo. Esta identidad la tenemos gracias al sacrificio de Cristo Jesús en la cruz del calvario. Jóvenes, si valoramos esta identidad que Cristo nos dio, no podemos unirnos en una relación de noviazgo o matrimonio con personas que no compartan nuestra identidad, pues si lo hacemos corremos el peligro de abandonar nuestra identidad y pasar a tomar la identidad de los inconversos, despreciando de esa forma el sacrificio de nuestro amado Señor.

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